El Día de la Misericordia

Pascua del 2013

Estábamos construyendo, con la ayuda de Inesita Buitrago, la Casa del Buen Samaritano en la Ciudad de Dios de Villa de Leyva.  Proyectado su primer piso  con cinco aparta estudios muy cómodos para  acoger a las personas pobres que salen del hospital y no tienen a donde ir a recuperarse.  

Inesita había  ayudado mucho en la construcciòn de la primera parte; y si bien,  vendió hace unos meses un lote que tenía e invirtió el dinero en la construcción,  estábamos lejos de concluir  la obra porque todos los recursos se habían agotado, hasta el milagro del día de La Misericordia.

 

Desde hace un tiempo tenía el sueño y el deseo de terminar esta casa y esperaba que San José  nos enviara lo necesario para construir el segundo piso, que tendría otras cinco habitaciones;    pensé, incluso,  en conseguir a alguien que financiara la obra y que viviera allí hasta su muerte, dejándola construida para la Fundación.  Efectivamente aparecieron dos personas diferentes con dinero suficiente para hacer esta inversión y con mucho deseo de vivir con nosotros, pero ambas eran conflictivas, por lo que, y por sugerencia del provincial, debíamos mejor esperar otra  manifestación del Señor, pues no era conveniente traer personas con dificultades de convivencia a la Ciudad de Dios.

La construvcción estaba a punto de detenerse del todo, por falta de recursos económicos, cuando de repente la maniestación de la gracia y la misericordia del  Señor se desbordó sobre nosotros el domingo en que celebramos “la Divina Misericordia”, segundo domingo de Pascua.

En efecto, el  jueves anterior en la tarde,  llegó a la Ciudad de Dios el  señor Ramiro Reyes Pérez del grupo ILYA LATINOAMERICANA que se encontraba en Duruelo haciendo un curso de liderazgo  y calidad empresarial con personas profesionales y empresarios venidos de diferentes países.

Como parte del curso les pusieron un gran reto:  en dos horas tenían que conseguir lo necesario para ayudar a una obra social, con la condiciòn de que no podían hacer uso de dinero propio, sino que debía venir de amigos, conocidos, gente del pueblo, etc.

Nos pidió una lista de las cosas que necesitábamos y se la dimos con algún escepticismo, pues eran muchas las que pedíamos.  Y aún así, él  nos seguía diciendo:  ¿“y qué más necesitan, y qué más?

El sábado 6 de abril les pusieron el reto, y ese mismo día de 4 a 6 p.m. tenían que lograrlo.

Se distribuyeron por grupos.  Llamaban a todas partes; a sus empresas, a sus colegas,  a sus jefes, etc.  Llamaron al Perú, ya que había 7 participantes de ese país; también a Venezuela, Chile, Estados Unidos, España y a diferentes ciudades de Colombia.

Contactaron un depósito de materiales y, con la ayuda del propietario Josué Guerrero, lograron enganchar a muchas personas, es decir, a muchos volqueteros a quienes llamaban telefónicamente para preguntarles qué material traían en ese momento en sus volquetas, convenciéndolos de que se los vendieran, pagándoles inmediatamente el material y pidendo el favor de reservarlo para la Fundación Santa Teresa, comprometiéndolos además, a que lo trajeran al día siguiente, domingo, a las 9 a.  m.,  a la Ciudad de Dios.  Gracias al aprecio que todos estos transportadores nos tienen, porque conocen la obra, y sabiendo que era una donación para la Fundación, en seguida se dispusieron a colaborar, reservando el material y haciéndose presente en la Ciudad de Dios antes de la hora convenida.

Otro grupo viajó inmediatamente a Tunja para comprar todos los implementos del jardín de los niños; habían llamado antes a los almacenes para que no los cerraran y los esperaran para comprar todo lo que habíamos pedido.  Como ya no era hora de servicio de los bancos, a través de tarjetas de crédito hacían todo, consignando y autorizando, aquí y allá;  movimientos económicos que hacían efectivos por  la intermediación de muchas personas.

Dos de los ingenieros que participaban estuvieron hasta las dos de la mañana abriendo una página web para nosotros: http://www.lasciudadesdedios.org/ destinada a recibir donaciones nacionales e internacionales.

Muchos de ellos terminaron la jornada del sábado a las 11 p.m.,  comunicándose con todo el mundo porque la cita era a las 9:30 a.m. del domingo en la Ciudad de Dios.

Yo estaba vendiendo empanadas a la salida de la Iglesia del Carmen, y cuando bajé para celebrar la misa,  no salía de mi asombro cuando encontré esa multitud de volquetas parqueadas una tras otra alrededor de toda la plazoleta de la Ciudad de Dios, cargadas con bultos de cemento, tabletas, materiales eléctricos, plafones, rosetas, interruptores, gravilla, arena de todas las clases, 10.000 ladrillos, hierro para la construcción, mallas y concremallas, etc.  Es decir, el ciento por ciento de lo que pusimos en la lista.  Era como un sueño que no podía comprender; era un sueño, pero era ralidad.  Ante mis ojos estaba todo el material necesario para terminar la primera Casa del Buen Samaritano y construir la segunda en el piso de arriba.

Para el jardin de los niños traían: 125 vajillas con plato de sopa, plato de seco y pocillos, 14 juegos de dominó de frutas y animales.  Dos DVD,  2 bafles para sonido de video bin.  52 balones plásticos.  2 grabadoras, 60 lazos, 12 baldes.

La entrega fue muy emocionante porque se hicieron  presentes todos los participantes del evento, que eran 34,  más  otros de logística y así sumaban unas 50 personas.  Nosotros teníamos sólo 20 minutos para presentar la Ciudad de Dios, aunque nos llevamos 40.  Les conté algunos testimonios y quedaron tan impactados que la gran mayoría lloraba; yo no entendía bien por qué.  Algunos me dijeron:”hoy ha cambiado nuestra vida; después de ver esta obra y escuchar esos testimonios, la luz ha llegado a nuestros corazones; somos ricos, muy ricos, pero ahora descubrimos lo pobres que somos en realidad, pues nos falta Dios.  Nos vamos con la esperanza de encontrarlo”.  Otros decían: “Descubrimos que estábamos encerrados en una caverna de oro pero nos ha faltado el amor por los demás; ahora queremos hacer algo por los necesitados”.  Otros: “Gracias por abrirnos las puertas de esta Fundación; por darnos la oportunidad de ayudar, porque haciéndolo hemos descubierto que nosostros somos los que hemos recibido y ahora queremos darle un viraje a nuestras vidas, desde nuestras empresas, porque descubrimos que vivíamos solamente para nosotros mismos mientras muchos nos necesitaban, sabiendo que tenemos recursos para ayudarlos”.  Un joven alto, Francesco, que estaba coordinando la entrega de la donación  se me acercó emocionado y me dio un beso en la frente, delante de todos, y me dijo: “Gracias”.

Uno de ellos en representacion de todos, me entregó una cruz de madera hablando bellamente de Dios, de su presencia y de cómo era importante buscar a Dios y tenerlo presente en todo lo que se realiza en la vida, aún en medio de los negocios.

Como si fuera poco nos tenian otra sorpresa: el dueño de la empresa de gaseosas más importante del Perú (Cola Inca o algo así), fue contactado y así supimos que coincidencialmente su hija se encontraba en una finca en Villa de Leyva.  Ella se hizo presente en la Ciudad de Dios y dijo:”Hablo en nombre de mi padre; él ha autorizado para que se haga una obra en este lugar, corriendo él con todos los gastos, ofreciendo este equipo de profesionales; ingenieros, arquitectos, diseñadores, etc. Todos al servicio de esta obra.”

¡Señor!, yo no salía de mi asombro... la Divina Misericordia se derramaba a torrentes ante nuestra mirada atónita.  Y concluyeron diciendo: “No será esta la primera y la última vez que nos encontremos; seguiremos viniendo por aquí y estaremos atentos a ver cómo podemos continuar colaborándoles.”

Señor, muchos nos hemos maravillado de ver tu acción tan patente.  Muchos de los que vinieron a la misa y presenciaron este signo de tu amor, los vecinos y todos nosotros estamos maravillados al constatar tu presencia tan cercana y tu ayuda permanente para los más necesitados.

¡Gracias Señor!

 

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