LAS CARMELITAS DE SAN JOSÉ EN LA CIUDAD DE DIOS

Inauguran con amor y alegría la Casa de Abuelos El Refugio, que es también su casa

“Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estaba desnudo y me vestisteis” (Mateo 25, 35) es el mensaje de Jesús al que con gozo se comprometen las Hermanas Carmelitas de San José quienes fueron fundadas por la madre Rosa Ojeda Creus el 10 de Octubre de 1900.   Por su carisma de amor y protección hacia los ancianos, fueron invitadas para asistir la nueva casa de abuelos, El Refugio,  bendecida e inaugurada el pasado 16 de septiembre.

 En su vida de comunidad, las Hermanas Carmelitas de San José, siguen el modelo de la Sagrada Familia y en especial el de San José. Ellas recuerdan que Dios está en todas partes y en cada momento del día es decir, en el compartir de los alimentos, de las tareas domésticas, en las reuniones comunitarias y en los momentos de silencio durante la oración. Sencillamente se concreta un carisma encaminado hacia el amor en busca de la plenitud. Este carisma ha logrado sobrepasar los momentos de escasez material para las hermanas mediante el “Sufrir, callar, sonreír” tal como lo decía la madre Rosa, fundadora de la Comunidad, cuyo  deseo de santidad para sus hijas se resume en sus palabras: “Dios les libre de ser ricas. Vivir como pobres es el único camino seguro de perseverar.”

La madre Rosa se caracterizó desde niña por su alegría y sencillez. Desde joven aceptó el llamado de Cristo al cuidar enfermos y ancianos en el hospital abierto en Vilanoa i la Geltrú. Al profesar sus votos el 5 de mayo de 1895, comenzó a entrever el nacimiento de su comunidad independiente del instituto al cual estaba adscrito aquel hospital.  En el año 1900, la Madre Rosa fundó el Instituto de Hermanas Carmelitas de San José, amparadas por el obispo de Barcelona, Doctor Josep Morgades y por la Virgen del Carmen. De ahí se gestó el espíritu de las hermanas, como el de una orden adscrita a los Carmelitas Descalzos. La abnegación evangélica de este instituto se concreta en la atención a enfermos y ancianos, y en la educación de niños y jóvenes.

Ahora esta comunidad acoge con alegría el papel asignado para ellas, por el Señor, para poner su grano de arena en la Ciudad de Dios de Villa de Leyva, con el cuidado de los abuelos en la nueva casa.

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Ellas prepararon la bienvenida a los invitados, celebraron la presentación de las danzas de los abuelos, cantaron y aplaudieron al padre José Arcesio, director de la Fundación Santa Teresa de Ávila que habló así:                                       

“Un saludo caluroso y fraterno para cada uno de ustedes en este día maravilloso en que bendecimos la casa de los abuelitos “El Refugio”. Saludo particularmente a nuestro P Provincial, Miguel Ángel Díaz, quien con hechos concretos se ha comprometido con esta causa y nos ha acompañado apoyándonos en todo desde que fue nombrado superior provincial, y a quien agradecemos de corazón el dar la vida por Jesús, luchando por cada una de nuestras Fundaciones, llevando hombro a hombro con nosotros la cruz que estas obras generan.

Saludo de igual manera a la madre Ascención Ortega Ruiz, superiora general de las hermanas Carmelitas de San José y a toda su comunidad, representada en las hermanas que hoy nos acompañan, entre otras las hermanas Belén Tejedor León, Madre María Paz Gallo, Teodora Herrera, Fidelia Gaona, Hna Ruth Rodríguez, algunas de ellas venidas desde España especialmente para esta celebración.  Las Hermanas Rosa Isela Rangel Medina, María del Carmen Rey y Micaela Villa, que son las hermanas que conforman la Comunidad de esta casa de carmelitas que hoy inauguramos y que lleva el nombre de su Fundadora, la venerable madre Rosa Ojeda. Nos acompaña también el P Régulo Pérez Hernández, de la diócesis de Neiva, quien fue uno de los  instrumento del Señor para que llegaran las Hermanas a Colombia, concretamente a Palermo.

  Saludamos a  nuestro arquitecto Orlando Flórez, que desde el nacimiento de esta Ciudad de Dios se comprometió con un trabajo altamente profesional en la construcción de la Ciudad de Dios y nos acompaña día a día, de manera gratuita, en el intento de construir un espacio bello y digno de los hijos de Dios.

Saludo a mis hermanos de comunidad, al P Richar Bayona, ecónomo provincial, miembro de la mesa directiva de la Fundación, hermano y amigo, que ama esta obra y colabora de manera permanente para que se vaya consolidando; al P Jairo Ochoa, hermano y compañero de esta divina aventura de fe, amor y esperanza; a cada uno de los hermanos y hermanas que nos acompañan y a todos y cada uno de ustedes que dan sentido a nuestra vida en la medida en que vamos caminando juntos, amando, hacia la casa del Padre.

Un día, terminando de rezar el rosario por la Ciudad de Dios, día en que llegó de las montañas de Ráquira, Rosa Elena Gerez, y le acogimos para vivir con nosotros, pensando en su historia de vida y  viendo que tantos abuelitos se encontraban abandonados y necesitados de amor y cuidado, y que además, nosotros teníamos este terreno disponible y teníamos licencia para construirlo, aunque no contábamos con absolutamente ningún recurso económico para construirlo, les pregunté a quienes estaban allí: “Qué opinan ustedes, será que nos metemos a construir una casa para los abuelos aunque no tengamos nada de dinero para hacerlo?

La respuesta de todos fue un Si unánime. Eso fue el viernes 21 de abril de abril de 2015 Llamamos en ese mismo momento al padre Miguel Ángel, provincial, para pedir su autorización, pues siempre para mí en todo esto es la última palabra y expresión de la voluntad de Dios. Su respuesta fue la misma de siempre: “Adelante, ya sabes que yo no tengo ninguna objeción para cosas como esas donde se hace el bien a los pobres. Adelante, cuenta con migo”.

En ese mismo instante nació esta casa para los abuelitos, pues, bastaba con el permiso para que yo ya la diera por construida y terminada, ya que estaba seguro de que San José se encargaría de conseguir el muchísimo dinero que ella ha costado. Manos a la obra. Al día siguiente una vez los maestros anunciados y el arquitecto dispuesto a modificar los planos existentes, ya que esta parte correspondía a otra obra que iban a realizar las hermanas del Carmelo Apostólico, dimos inicio al trabajo que duró más de dos años de intensa labor.

Como dato curioso, aparece en la historia este trozo narrado así: “El sábado en la mañana nos llegó un signo del cielo: esta mañana estábamos, desde las 5:30am, como de costumbre, la comunidad reunida en nuestra capilla del monasterio San José Obrero, haciendo nuestra Lectio Divina. Antes de las 6am, Segundo, nuestro mayordomo, me llama a través del cristal de la capilla para mostrarme un bello arco iris que apareció sobre los árboles del predio de nuestro vecino, lugar por donde generalmente nunca aparece un arco iris ya que siempre suelen aparecer en el lado opuesto. Era hermoso, de colores muy intensos. No era completo, sólo como si se hubiera pintado un brochazo de colores en el firmamento. Era diferente a todos los arco iris, no era un arco, era sólo una ráfaga de luz intensa de múltiples colores. Llamé inmediatamente  a los padres y las laicas para que lo vieran, mientras entraba a la casa por la cámara fotográfica para tomarle una fotografía.  El Padre Gilberto alcanzó a ver algo, pues le buscaba donde no estaba, justo en el lugar donde siempre aparecen, pero estaba en otro lugar. Cuando salió el Padre Jairo y Teresa, carmelita laica de San José, ya quedaba sólo un pequeño destello de colores, y prácticamente no lo vieron. Quise tomar la fotografía a lo poco que quedaba y el padre Jairo, bromeando, me dijo que no la tomara, que para qué iba a perder una fotografía, mientras intentaba tomarme la cámara, finalmente   no la puede tomar ya que repentinamente desapareció en fracciones de segundo. Fue un arco iris que no duró más de tres minutos, a pesar de ser de un colorido tan intenso, se desvaneció sorpresivamente sin que pudiéramos tomar registro de él, quedando sólo el recuerdo fugaz de quienes lo vimos y el testimonio que les dimos a los otros que no lo pudieron ver con sus ojos. Unos creyeron otros no. Lo cierto es que allí estaba y algunos lo vimos”.  Hasta aquí el testimonio escrito de ese acontecimiento.

Volviendo a la construcción de esta casa, pensábamos que  lo menos preocupante era el dinero, pues, como la obra costaba más de dos mil millones de pesos, dinero que nos era absolutamente imposible conseguir, teniendo una sola fuente de ingresos económicos que es la venta de las empanadas del domingo, le dejamos esa tarea a san José, tarea que bien cumplió como ustedes pueden ver. Tengo que confesar públicamente, como testimonio, para gloria de Dios, que en este momento no debemos ni un solo peso de la construcción de esta casa, la cual, además del proyecto original, tuvo más de doscientos metros nuevos de construcción, para hacer la casa de las hermanas Carmelitas de san José, que inicialmente era la enfermería y el consultorio médico, y luego, en la parte de arriba, la casa San José de Ávila, de los Hermanos Carmelitas de san José, que aún no habían nacido y estaban solo en la mente del Padre Dios. Ahora está todo terminado y nosotros damos gracias a Dios y a san José que se encargaron de todos los detalles, hasta los más mínimos, en la construcción de un lugar tan bello y digno como este.

Dios nos hizo muchos regalos, entre otros, traernos a las Hermanas Carmelitas de san José para cuidar a los abuelitos y también a los hermanos y hermanas de san José y de Nazaret, quienes han asumido esta obra como parte de su carisma naciente, lugar en el que pueden ejercitarse en la vivencia de las obras de misericordia, elemento fundamental de su carisma.

Nos regaló al Arquitecto Orlando y su Esposa Betty, colaboradores incondicionales de esta obra, al maestro Fernando Madero y todo su magnífico equipo de trabajo, a quienes agradecemos su gran gestión, a Pablo Forero y todos sus trabajadores, quienes se encargaron de toda la carpintería y de otras labores más, con gran dedicación y generosidad, y a quienes agradecemos este servicio. A la familia Vásquez Gutiérrez quienes apoyaron, como muchos otros de ustedes, de manera económica esta obra; a Inesita Buitrago que nos regaló el ascensor y ha dado su vida y disponibilidad de tiempo completo para sacar adelante esta obra. Son muchos los que a diario nos colaboran en esta bella aventura de amor y  no lograría agradecer a cada uno de ellos, por eso un Gracias especial y general para todos y cada uno de los benefactores, que Dios sea su recompensa.

Bendigo a Dios por la vida y vocación de las hermanas carmelitas de san José, que fueron traídas por el mismo Señor y por su santo Patrono, san José, para acompañar el caminar, día a día, de estos abuelitos que amamos y en los que vemos reflejado el rostro del Señor. Que Dios les pague y recompense su labor, al igual que a los hermanos carmelitas de san José y hermanas Carmelitas de Nazareth y a todos los que a diario nos tienden su mano amorosa y misericordiosa.

Que Dios a cada uno les dé a manos llenas el ciento por uno de los que en bien de los pobres han invertido.”

 

INAUGURACIÓN CASA DE ABUELOS EL REFUGIO

Villa de Leyva, 16 de septiembre de 2017

Fr José Arcesio Escobar E. ocd

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