MARIA MAGDALENA

La prostituta revirginizada por el amor del Señor (Jn 20,1. 11-18)

Villa de Leyva, 22 de julio de 2017                       

El amor transforma y recrea a los seres humanos en su propia verdad; verdad que descubren cuando se sienten amados y liberados de los ropajes impuestos por la sociedad y la historia y que han tenido que asumir a lo largo de la vida, para sobrevivir. Al sentirse amados por Dios y aceptados por Él, se descubren acogidos gratuitamente, a la vez que sienten la necesidad de vivir en libertad, de ser ellos mismos. Desde allí comienza todo un proceso de desarme del corazón y de las apariencias, para terminar de rodillas ante el Señor, recibiendo todo su amor, agradeciendo la gratuidad de ese amor y aceptándose a sí mismos,  sintiéndose reconocidos como personas y valorados en su esencia, en su riqueza innata, don gratuito de Dios al crearlos.

 

Quien se siente amado y liberado experimenta la necesidad de amar y ayudar a otros a liberarse de sus ataduras y a ser lo que son, en verdad, delante del Señor; no lo que son según las apariencias, sino según la verdad, la que descubren al sentirse amados y reconocidos, aceptados y perdonados. El encuentro con el Señor revirginiza el corazón y la vida y nos lanza a amar como Jesús amó.

Un gran servicio que todos podemos hacer a los demás es reconocerlos en su dignidad y hacerlos sentir importantes, valorados por lo que son en sí, independientemente de su condición, sus límites y aun de su pecado. Así estaremos amando y obrando como Jesús, que amó y sigue amando sin límites, absolutamente a todos; creyendo en todos, esperando que todos nos dejemos amar y transformar por Él.  Nos amó primero, antes de convertirnos, antes de que nosotros aceptáramos su amor; antes de que intentáramos ser diferentes, nos amó aunque no recibiéramos su amor, aunque no nos dejáramos amar; Él nos ama aunque lo rechacemos siempre; y continuará amándonos por toda la eternidad (1 Jn 4,19).

María Magdalena se sintió amada, reconocida, llamada por su nombre. “Jesús le dice: María; ella se vuelve y le dice Raboní”. Se siente reconocida por lo que es ella misma, por lo que es desde la óptica de Dios y no desde la óptica humana. Se siente llamada por su nombre desde dentro, despertándose su ser más íntimo; se siente acariciada por la voz de Jesús que pronuncia su nombre y ella entonces revive, reconoce la voz del amor y eso hace que ella a su vez reconozca a Jesús y recobre la vida, pues se sentía muerta después de haber perdido a aquel que la había rescatado de la miseria.  Jesus le devolvía la vida al amarle.

María Magdalena participa de lo que Dios hizo al recomenzar la historia de la salvación, a través de una nueva creación en Jesús resucitado; es “el primer día de la semana”, dice el texto bíblico, cuando Jesús se aparece a María Magdalena. Algo nuevo está surgiendo, algo nuevo está brotando y, curiosamente, es a partir de la muerte que está brotando la vida.   

                                       

María Magdalena va al sepulcro, al lugar de los muertos; va allí donde no está la vida, para intentar buscar la vida; pero lo hace de manera equivocada, como nosotros cuando buscamos la vida, la felicidad, la Verdad, la realización, en lugares de muerte; en el pasado que ya no existe y que sigue existiendo en la medida en que estemos apegados a él. María Magdalena está apegada al recuerdo de su Amado muerto y por eso no lo puede descubrir vivo, no lo puede reconocer. Lo que pasa es que ese camino ya no es el de la evidencia tangible sino el camino de la evidencia que se logra a través de la fe. Ella va al amanecer de aquel día, es decir, cuando ya va clareando, cuando ya la luz nueva comienza a iluminar; pero aún tiene que batallar con las tinieblas, con la oscuridad del recuerdo de la muerte, con el pasado: “María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro”. No es fácil abrirse a la novedad del Resucitado, si antes no pedimos el don de la humildad y nos dejamos conducir por Dios hacia lo nuevo: la nueva vida, el nuevo estilo y nueva forma de ser y de existir. Incluso cuando las barreras ya no existen y han sido retiradas, podemos seguir apegados al pasado y a la muerte como si aún existieran: “Vio la losa quitada del sepulcro”, pero no le fue suficiente para creer que algo nuevo estaba aconteciendo y cambiando para todos. Por eso “se queda fuera llorando”.

Fue necesario que entrara en el misterio, en la tumba vacía, y viera los signos, aunque no los entendiera: “Se asomó al sepulcro y vio dos ángeles, vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús”. Pero no le era  suficiente; no tenía la capacidad de mirar la luz del nuevo día y la novedad del acontecer del Resucitado; sigue anclada en el pasado, en los recuerdos de muerte, aunque ya esa muerte y ese pasado no existan; pero ella vive  de su pasado, como tantas veces lo hacemos nosotros.

Magdalena necesita la ayuda de los otros, sola no puede descubrir la novedad del presente; los ángeles le ayudan a salir de sí misma cuando le preguntan: “¿Mujer, por qué lloras?”. “Ella les contesta: porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Sigue preocupada por el cadáver de Jesús. Por una gracia especial, ella puede dar la vuelta y comenzar a mirar el presente y no el pasado: “…da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús”. Dios siempre es sorprendente, inesperado, y sólo quien tiene ojos y corazón de niño,  puede descubrirlo; está ahí, en todas partes, pero pocos lo reconocen. María no lo reconoce, incluso después de que ha girado, y ha cambiado su mirada, lo que podría representar su conversión; una conversión  progresiva,  no de un solo momento;  no logra reconocerlo con claridad; este puede ser el inicio de la conversión, del cambio de vida y de mirada; pero la conversión es todo un camino largo por descubrir y recorrer.  Es un cambio de mirada permanente, desde la realidad hasta el Señor;  o mejor, el aprendizaje de un lenguaje nuevo y una lectura nueva de la propia historia, de un obrar en consecuencia con eso que se nos va revelando de parte de Dios.

Al igual que María Magdalena, nosotros podemos hablar muchas veces con el mismo Jesús, sin darnos cuenta de que es Él.   “Jesús le dice: “Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?”. “Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: “Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré”. Es increíble que hablando con Jesús no lo reconozca, no sepa que es Él. Su mirada y su atención están ocupadas en el pasado y en los signos de muerte. El dolor no la deja ver ni reconocer. Necesita sanar su corazón para poder sanar su mente, su espíritu, su mirada profunda sobre la nueva realidad. El sacramento de la reconciliación nos limpia del pecado y nos da la gracia de comenzar una nueva vida, pero necesitamos creer, confiar, acoger esa nueva posibilidad de vida y comenzar a vivirla. No podemos permanecer en el pasado donde ya no existe nada ni está el Señor.  Es  hora de vivir el presente, el aquí y el ahora, asistidos por la gracia del Señor, y dar libertad a nuestro espíritu para emprender nuevas aventuras de amor. “Algo nuevo está brotando”, algo nuevo está naciendo. No tenemos por qué andar preguntando cómo lo haremos, simplemente hay que lanzarse a vivir lo que Dios va colocando y el Espíritu se encargará de conducirnos. Para ese “cómo”, la respuesta está dada en cada momento, porque el amor es creativo y nunca se repite; cada encuentro y circunstancia esperan una respuesta de amor diferente, que se nos ocurrirá en el momento preciso, si vivimos sumergidos en Dios; en Él y en la realidad. Cuando percibimos las necesidades de los demás, nuestro espíritu se vuelve creativo y encuentra caminos y respuestas, siempre y cuando estemos interesados en vivir desde el Evangelio, desde el Señor.

Cuando Jesús le dice “María”, llamándola por su nombre, ella se siente reconocida, llamada por su nombre concreto y no de manera general; es a ella directamente a quien Jesús le habla, a la mujer pecadora que había rescatado y a quien le había robado el corazón porque Él ya le había dado el suyo. María sintió, como una gran caricia auditiva, su nombre pronunciado por los labios de Jesús, y todo cambió de allí en adelante; el amor tiene el poder de transformar todas las cosas y la vida misma.

María “se vuelve”,  y comienza el diálogo al reconocer a Jesús como el Maestro, “¡Raboni!”, e inmediatamente quiere retenerlo, apegarse a Él; sin embargo, Jesús le señala el camino nuevo que ha de seguir,  el del anuncio, la misión de comunicar al mundo la experiencia tenida a nivel personal: “Suéltame, que todavía no he subido a mi Padre. Anda, ve y di a mis hermanos”. El encuentro con Jesús no nos deja estáticos o indiferentes; nos pone en actitud inmediata de servicio y entrega, nos hace misioneros: “ve”, “di”, “María Magdalena fue y anunció a los discípulos”. Se convierte ahora en la primera evangelizadora, la protagonista de la presencia nueva de Jesús entre sus discípulos y en el mundo.

Jesús le indica a María Magdalena el camino de la LIBERTAD, no quiere que esté atada a nada, ni siquiera a cosas o realidades buenas y maravillosas; la quiere una misionera libre para ir y anunciar la Buena Noticia, el Evangelio nuevo de paz y salvación. Jesús no se detiene en los pecados de Magdalena y menos en su vida pasada, que ya pasó y en la que Jesús no está interesado ni desea que ella reviva; ni siquiera desea que  sienta remordimiento de algo, que ya fue perdonado,  que ya no existe; sabe Jesús que una persona cuando se siente amada despliega lo mejor de sí misma y se abre a  la gracia y al servicio generoso y por eso nos ama como somos. “María Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y me ha dicho esto”.                                                                                  

María se siente ahora nueva, libre, habitada por esa presencia maravillosa e insospechada que la convierte en templo vivo del Señor; ya no necesita ir al huerto, a la tumba, para encontrarlo; ahora está dentro de ella y allí puede acudir a cada momento para entrar en relación y comunión con Él.

Ahora María Magdalena es transformada en profetiza de la Resurrección, del Reino nuevo que comienza a nacer.   Anuncia gozosamente la presencia del Señor;  el futuro nuevo que  abre sus puertas para todo aquel creyente que se arriesgue a venir detrás de Jesús. Anuncia en medio de la catástrofe, el caos, el peligro, la persecución, ese algo nuevo que está aconteciendo y que invita a no tener miedo, a confiar; a fiarse de Aquel,  al que se ha amado y del que se ha recibido la vida. Cree ahora contra toda esperanza, no solo por lo que ve, sino por lo que no ve, pero sabe que vendrá. Por eso se llena de gozo como María cuando proclama el “Magníficat”, o como Jesús cuando descubre la grandeza de Dios revelándose a los pequeños: “Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos del mundo y se las has revelado a los pequeños; si, Padre, así te ha parecido bien” (Mt 11,25).

Para María Magdalena, al igual que para todos los seguidores del Señor, el pasado queda en el pasado, no hay que revivir la historia de pecado y de muerte, de fracaso y frustración; ahora es todo nuevo y la mirada se pone en el Señor y en el presente que nos conduce, paso a paso, hacia el futuro que es el amor pleno de Dios en cada uno de nosotros y en toda la humanidad. Una nueva luz brilla en medio de la oscuridad, pues aunque la realidad sea la misma, el acontecer de Dios hace que todo sea diferente y allí donde abundó el pecado y la muerte, ahora abunda la vida, el gozo, la paz y la esperanza. Esto es maravilloso, no se necesita que las cosas cambien, somos las personas las que cambiamos y podemos ver las mismas realidades con ojos nuevos. “Todo lo hago nuevo”, dice el Señor.

Es por eso que este es “el tiempo propicio”, no hay que esperar otro, ni  hay que esperar realidades nuevas o diferentes; este es el momento de gracia y bendición; el Reino nuevo ha llegado y está entre nosotros. Tenemos todo para ser felices y construir una Ciudad nueva, un mundo nuevo, porque Dios está con nosotros y es Él el que construye su Ciudad, la Ciudad de Dios, que abre sus puertas para la salvación de todos; lugar de acogida y amor para que todos los heridos, tristes, abandonados, los sumidos en el pecado o la desgracia, encuentren un nuevo aliciente, una nueva oportunidad, un espacio de vida en el Señor.

Partimos con realismo de nuestro entorno y nuestra realidad y, desde allí, abrimos bien los ojos de la fe, el amor y la esperanza, para encontrar el Reino nuevo que ha empezado ya; Dios ha puesto su morada entre nosotros y nos invita a dejarlo vivir aquí y a vivir nosotros con Él. Dios no construye su historia de salvación sin contar con la historia de la gente, con su realidad, y nos invita a nosotros a transformar nuestros desiertos en vergeles, los corazones heridos en pozos de agua fresca, en manantiales que fecundan la tierra, la vida de las personas, especialmente de los más pobres o desvalidos, desamparados o desheredados.

El Resucitado tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas y de cambiar la vida de todos. Pero es necesario creer, confiar, abrir las puertas al Señor. Cuando eso hagamos, estaremos construyendo la Ciudad de Dios y le permitiremos habitar en medio de nosotros y entregarnos todo el efecto de su resurrección.

Las Ciudades de Dios representan a la Iglesia, son como una Madre que acoge a sus hijos, abriendo sus brazos con inmenso amor y misericordia para que se transformen en seres humanos. Dejemos que ese entusiasmo, ese fuego nuevo que llevamos dentro y puja por salir, por comunicar, por crear, realice su función transformante en el mundo, en el aquí y el ahora, en nuestra historia y en nuestro mundo.

Ya no es tiempo de mirar atrás, es tiempo de esperanza, de gozo, de júbilo; hemos sido redimidos por el Señor y ahora nos corresponde actuar en bien de los demás para que también nuestros hermanos se experimenten salvados, amados, revirginizados como María Magdalena, la prostituta que fue revirginizada por el amor del Señor.

Fr. José Arcesio Escobar, ocd.

 

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